El laberinto de los cretenses

Nidos de pájaros desalados ansiosos de una respuesta clara, concisa y amable, incluso si es mucho pedir. Culpables de nada, pero con la sensación de que algo hicieron mal, tristemente corroborada por la actitud de los soldados del sistema, verdugos de ellos mismos sin saberlo.

Cuatro paredes de llamadas en forma de número, de personas en forma de número, de desconsuelo en forma de papeles infinitos y esperas incongruentes.

Tras varios conatos fallidos de entender a los guardianes del laberinto, los cucos se adentran en él, temerosos de no encontrar ni la salida ni la llegada, humildes y llenos de rabia a la vez.

Y el Minotauro les espera ansioso de su carne. Sus palabras se imponen a las de las aves, que ni siquiera llegan a tocar el aire comprimido de Dédalo. Ninguneadas, les escupe que no saben orientarse, que primero deberían haber ido aquí o allí, y conseguir esta o aquella dádiva. Pero tras golpear las paredes e ingeniarse un camino lleno de migas de pan, la dádiva ya no sirve al Minotauro. Ahora el monstruo desconfía de por qué han entrado y por qué quieren salir, de si merecen acaso una limosna, que no es otra cosa que lo que el sistema les debe y les quiere robar en forma de fracaso.

Valora ahora el Minotauro si la actitud de los pájaros es doblegada, si han soportado los bandazos de los pasillos infinitos con la actitud del vencido. Así corrobora que, cuando logren salir, no tengan derechos, sólo deberes; no exijan, sino agradezcan; no luchen, sino consientan.

No vuelen, sino hibernen.

 

 

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