Crecederos

Relato Crecederos por Carmen Espiniella
Autora: Carmen Espiniella

– Se lo aseguro doctor, mi hijo no crece. Los niños de su edad ya le sacan una cabeza, y yo le alimento bien, créame, le he comprado suplementos vitamínicos y se ha apuntado a clases de gimnasia, donde realisa estiramientos especiales, pero no hay manera. Yo ya estoy preocupadita… – dijo Jacinta frotándose las manos y arqueando exageradamente las cejas con expresión compungida. El doctor suspiró y apartó con el antebrazo el Vademecum a un lado de la mesa, un gesto que dispuso cercanía con su interlocutora para iniciar una confidencia.

– ¿Ha probado usted la homeopatía? Mi mujer y yo lo intentamos con nuestra hija… Por lo que me ha contado el caso es muy similar. Nuestra pequeña ya tiene quince años y le sucede algo extraño, se lo confieso porque ya lo tengo hablado con algunos especialistas. La última vez que la medimos había menguado diez centímetros, ¡ni más ni menos! ¿Se lo puede creer? – Hablaba el bigote del médico con una voz severa.

– Claro que me lo creo doctor. A mi Rubensito le he tenido que coser el bajo de los pantalones, que eran crecederos, pero nada… Han pasado tres años desde que se los compré y sigue igual de canijo. ¿No se supone que a los doce dan un estirón? Pues no hay manera, sigue con la estatura de sus nueve añitos. – Dijo Jacinta, inclinándose hacia delante, apoyando sus manos nerviosas sobre la mesa del doctor, como si estuviera en un despacho parroquial, confesando su sufrimiento familiar, en busca de un milagro.

– Entiendo, y la entiendo perfectamente, señora. Conozco el caso de otros amigos míos, ellos han ido más lejos… Internaron a su pequeño en un campamento militar durante dos semanas, como lo oye, pensando que allí desarrollaría su corpulencia, pero ni por esas, el chico no se hacía un hombrecito hecho y derecho. Sé que no es muy científico lo que le estoy contando, pero créame que el cuadro es extremo, muy extremo, y la preocupación de unos padres, ya sabe, a veces puede llevar a hacer cosas absurdas.

– Si le confieso, padre, uy quiero decir, doctor, desde que yo vi que mi Rubensito se me quedaba atrás, empesé a contarle la historia de Pulgarsito y sus botas de siete leguas todas las noches, no quería que se frustrara, es tan bajito mi niño… lo pasaba mal en el colegio. – Explicaba con el rostro constreñido y la voz en un hilo Jacinta.

Crecederos-1-Carmen-Espiniella– Es curioso que haya llegado a mi consulta un caso como el suyo, y esta coincidencia no obstante no debe ser fortuita… – Pensó por un instante – ¡Debemos crear una Asociación! Somos tres familias preocupadas, pero quién sabe cuántas más estarán invirtiendo sus ingresos en suplementos y chequeos, y sus desvelos en remedios sin resultado, esto debe conocerse en la medicina. ¡Lo que no es normal, no lo es, y además es imposible! Mi hija ha reducido  una talla sus zapatos, aquí se lo confieso…

– Ay Doctor, no me diga eso, Dios quiera que no le pase tal     cosa a mi Rubensito. Él sólo ha visto achicarse su cosita, ya me entiende, pobresito mío…

– No le puedo asegurar nada, pero me gustaría que lo trajera  esta semana. Bien, evidentemente usted hoy ha venido a otra cosa… Veamos ese resfriado. ¡Descúbrase el pecho!

Jacinta obedeció con devoción cristiana.

No fue esa semana, pasaron muchas más, quizás a Jacinta se le olvidaran las preocupaciones, o quién sabe si su Rubensito se negaba a ir al médico, el caso es que pasaron años sin saber de ella y de su criatura. Y claro, hasta que no volvió a la consulta del doctor Bermejo éste no supo nada más de aquel adolescente, ni siquiera lo había llegado a conocer. Ocurrió una tarde de otoño, era septiembre, en esos días en los que comienza la revolución rutinaria de la vuelta al colegio, y las calles se sacuden de las primeras hojas caídas con las carreras de estudiantes. Quizás por el miedo a afrontar el reencuentro con los compañeros en un nuevo curso, Jacinta vio la urgencia de acudir en busca de soluciones, e hizo de fuerzas corazón para volver a la consulta del doctor. Entró sola en el despacho. Bermejo casi no la reconoció, su rostro se había desfigurado en una doble barbilla, vestía una ropa holgada que abarcaba como podía dos pechos inmensos, estirándose a esa altura el patrón del vestido, y a la altura del abdomen, tan oculto en su cuerpo, no se podía adivinar si aquello era una descomunal barriga o el simple efecto de la tela ahuecada por su caída desde el busto. Sus manos regordetas se apoyaron en la mesa del doctor para ayudarse a tomar asiento, a duras penas cabía entre los brazos de la silla. Nada que ver con tres años antes, cuando aquella mujer entraba como un suspiro por la puerta, enjuta como la pena que lloraba. Para resumir, ahora estaba como una foca. Quién podía imaginar cómo demonios había llegado a ese peso y, por otra parte, calculando el tiempo que había pasado, su hijo tendría entonces unos quince años. Si no había crecido desde los nueve, se veían de nuevo las caras ante el mismo problema, ella y el doctor Bermejo, quién, por otra parte, también estaba orondo como un cachalote. Tanto había aumentado su volumen que en las costuras de la bata blanca varios hilos se soltaron cediendo a la presión. Sí, era evidente que el doctor también había sufrido una metamorfosis, como si la ropa fuera a rasgarse de un momento a otro, vencida por la masa que parecía complicarle los más simples movimientos.

– ¿Cómo está señora? Me alegro de verla de nuevo – Dijo haciendo el amago de levantarse para saludar, sin llegar a hacerlo. Ordenó unos papeles sobre la mesa, se recolocó las gafas y miró a Jacinta con expresión de “Teníamos un asunto importante entre manos y me ha decepcionado, así que dígame qué quiere ahora.” – Y dígame, ¿cuál es su consulta? – Preguntó finalmente. – Hacía mucho que no la veía, señora.- Continuó diciendo. – Hubiera preferido que viniese cuando hablamos del caso de su hijo, no me atendió, le pedí que viniera con él, que por entonces hubiéramos podido unirnos para avanzar en una investigación contra ese mal que acechaba a nuestros pequeños, pero qué carajo, usted no me hizo caso. Y dígame, eh, señora, ¿cómo sigue? ¿Eh? ¿Ha venido para una consulta suya, supongo?

– No doctor, le ruego me disculpe, de veras yo quería venir, pero ya ve… A mi marido le destinaron en una obra en Albasete, y allí que nos tuvimos que ir. Fue muy rápido. Yo vine acá porque sabía que usted seguía despachando, no me olvidé de esa nuestra conversasión, y vengo por mi Rubensito… – Jacinta hablaba en una postura hierática, quizás el exceso de masa le impedía hacer movimientos excesivos, pero lo suyo era raro, apenas articulaba ninguna parte de su cuerpo adoptando una pose temerosa. Antes de que siguiera profiriendo justificaciones y disculpas, en un tono cada vez más agudo y elevado, el doctor la interrumpió con una tos fingida, que acabó siendo un ataque que duró alrededor de un minuto, hasta que Jacinta sacó con minucioso cuidado un caramelo de su bolsillo, como si extrajera una prueba científica de un receptáculo extremadamente delicado. – Ay mi doctorsito, ¡tome!

– Gracias – tosió de nuevo – le ruego que me tutee – dijo entre tos y tos, casi se atragantó y, por fin, se calmó para poder hablar. – Y bien, ¿en qué puedo ayudarle? Veo que no ha venido con su hijo.

– Sí doctor, mi Rubensito está aquí con nosotros.

Lejos de pensar que aquella mujer era una religiosa ferviente que había perdido a su hijo muerto y lo creía presente en espíritu, y sin que se le ocurriera la idea de que directamente esa mujer había perdido la chaveta, el doctor arqueó las cejas y la boca en un gesto de sorpresa cómplice, como si supiera la lógica de las palabras de Jacinta. En aquella pequeña consulta el único testigo que parecía haber era un esqueleto plástico tamaño natural y sonriente, detrás de ellos, así que el doctor no dudo en llamar al chico.

– Rubén ¿dónde estás?

En ese momento unas minúsculas manos del tamaño de las de un hámster emergieron del pequeño bolsillo de la madre.

Crecederos-3-Carmen-Espiniell

– Hola doctor – aquel cuerpecillo emitió una voz ronca inesperada – Quiero que me ayude – añadió con un tono que había derrapado en agudo. Aquel niño estaba en plena pubertad, pero su cuerpo era como de un duende de estatura igual al tamaño de un mando a distancia, unos diez centímetros. Sin embargo, toda su anatomía respondía perfectamente en proporciones a la de cualquier chico de su edad, incluso comenzaba a salirle cierta pelusa en el labio superior. El doctor, sin dejar de observar al minúsculo muchacho, giró ligeramente el cuello manteniendo la mirada fija en la mesa, donde Rubensito se apoyaba en una grapadora. Bermejo comenzó a gritar.

– ¡Rosalinda! ¡Rosalinda! – llamó con voz atronadora.

Entonces una manita retiró la tela blanca del biombo que estaba al fondo de la habitación, y una chica del tamaño de una muñeca Barbie, y con un cuerpecito igual de desarrollado que la rubia, vestida con un traje de punto fino hecho a mano y calzada con unos zuecos tallados de madera, corrió hasta situarse a los pies del doctor, emitiendo un leve clac clac a cada pasito que daba con aquel calzado.

– Se ha perdido usted muchas cosas señora Jacinta. – Dijo con un brillo de emoción en los ojos el doctor. – ¡Pero que muchas!

– No sabe usted lo solo que ha estado mi niño, verdad que sí – inclinó la cara hasta su pequeño. Sacó del bolso un bastoncillo y lo chupó ligeramente, para frotarle a Rubensito la mejilla- Tienes algo ahí, te limpio…

– ¡Qué hace señora! ¡Noooo! – Interrumpió aquella acción Bermejo con la voz en grito – ¡No sabe que para su tamaño la saliva en esas dosis contiene unos gérmenes abominables! No se le ocurra hacer eso más…

– Lo ves mamá – dijo el chico acabando de nuevo con la voz en un gallo.

– En fin, Jacinta, a lo que vamos. Le cuento que en nuestra asociación somos ya más de cien familias. ¿Le interesará unirse, dadas las circunstancias?

– Por supuesto doctor, mire que yo me he desvivido en todo este tiempo, cada cambiesito que tenía mi pequeño… ¡Ay! No sabe usted qué angustias hemos pasado, con los cambios de ropa, hasta hemos tenido que encargar miniaturas de los libros para que estudiara en casa las cosas de la escuela…

– Ya… Las cosas… – Repitió Bermejo. Y acto seguido exclamó-. ¡Eso ya no será un sufrimiento en soledad Jacinta! – Se sobresaltó el doctor provocando que el pequeño rodará en un bote de pastillas en el que se había sentado – La Asociación Liliput os ayudará en todo. ¿No ve usted las noticias señora? Esto ya está en marcha, y han aparecido casos en otros países. Concretamente en China y en Zimbawe…

– Ajá… Ay sólo espero que nos sea tardesito…

– ¿Tarde señora? ¡Mire a su hijo, por el amor de dios! Ha pegado un reductón, como decimos en la Asociación, no ve que es un renacuajo, que tiene el tamaño de un…

– Sin ofender oiga – dijo el minichico zarandeando un clip.

– Pero ¿qué le ocurre doctor? ¿A qué se debe todo esto? – interrumpió la madre

– Escúcheme – El doctor le extendió el folleto de la asociación, con el logo de un hombre musculoso cabalgando un saltamontes – Lea esto. Debe dejar al chico en el residencial que estamos creando en las afueras de la ciudad, polígono 34 de Valdequintana. Todo esto creemos que se debe a una sola cosa que ha afectado al desarrollo de nuestros chicos: So-bre-pro-tec-ción. – Dijo llenando su boca de sílabas – Complete el cuestionario, y si más de diez respuestas son afirmativas, no espere ni a mañana para llevarlo. Allí estará con otros chicos de su edad y tamaño, con la excepción de un hombrecillo mayor que vino de un pueblo casi deshabitado, donde se había desentendido de su problema por llevar una vida gustosa, hasta que casi se lo come un conejo en la huerta de sus padres mientras hacía la siembra. Pero confíen en nosotros. En menos de un año Rosalinda ha empezado a crecer, lo notamos, hay dos jóvenes en la residencia que si siguen a este ritmo pasarán al módulo diez en lo que queda de año. En total son quince fases, calculamos, hasta que recuperen el metro y medio. Supongo que algo tendrá que ver que esos dos se han enrollado, quizás eso influya… ¡Qué sabemos aún de todo esto! En fin, hay que hablar así, hay que dejarles, mujer. Y, oiga, quién sabe si seremos consuegros. ¡Jojojo! – Rió estrepitosamente el doctor. – Y ahora hágannos el favor, y vayan a vernos a esa dirección.

Muy seria, Jacinta agarró a su hijo con cuidado, y éste se lanzó desde la palma de su mano esta vez a un bolsillo superior. El pecho tan prominente servía de acomodo al muchacho para el camino de vuelta. Antes de salir, Jacinta cogió el cuestionario y el díptico y echó una ojeada, suspiró hacia adentro llena de resignación, cuando leyó el eslogan: “Para ellos lo más grande, porque también son personitas”. No tardaron en verles en Liliput. Hubo cierto altercado cuando a su llegada Jacinta quería acompañar a Rubensito, pero era imposible su entrada en aquellas instalaciones de tamaño de juguete. Así que allí dejó al pequeño a su suerte. Rosalinda había recibido a su nuevo amiguito, al que ya le sacaba una cabeza. Tenían por delante quince fases para crecer a sus anchas.

2 Comentarios

  • marta dice:

    Todos estamos sufriendo un “reductón” ja, ja….todos somos “rubensito”. Amena y provechosa lectura Carmen. Gracias a La Locomotora por compartirlo.

    • La Locomotora dice:

      ¡Gracias Marta por tu opinión! Yo creo que andamos un poco diminutos y es hora de crecer… cada uno como quiera, pero siempre intentando que sea mejor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *